La obesidad, ¿influencia social o genética?

Las influencias negativas de la sociedad desarrollada (mucha comida y poco ejercicio) son las causantes de la obesidad generalizada, pero la razón de que con una misma alimentación unas personas engorden más que otras, es básicamente genética.

La vida moderna en las sociedades desarrolladas supone el acceso fácil y barato a grandes cantidades de alimentos muy calóricos y apetecibles, combinado con una necesidad mucho menor de actividad física. Este es el caldo de cultivo de la obesidad.

Pero, ¿por qué unas personas son obesas y otras no, si todas están expuestas al mismo caldo de cultivo, citado más arriba? ¿Cuál es la causa de que unas personas gasten la misma energía que consumen, manteniendo así su peso, mientras otras consuman en exceso y engorden?

La respuesta a las preguntas anteriores es que unas personas tienen predisposición genética a engordar, y otras no. Esta predisposición, que hoy puede considerarse como algo perjudicial, en el pasado era una ventaja evolutiva, pues la disponibilidad de comida era mucho más insegura que en la actualidad, y las personas que eran capaces de acumular más grasa en los periodos de abundancia tenían más probabilidades de sobrevivir en los de escasez.

Por otra parte, la respuesta de las personas ante una dieta o el ejercicio también es distinta: una pierden peso con cierta facilidad, y a otras les cuesta más. Esta diferencia también es básicamente genética, y explica, junto a la anterior, por qué unas personas tienen más tendencia a engordar que otras.

Pero de lo expuesto no debe deducirse que estemos predestinados, hagamos lo que hagamos, a ser obesos o no. Por el contrario, es bien sabido que la dieta, el ejercicio y, en ciertos casos, la medicación, pueden contrarrestar esta tendencia a la obesidad y dar como resultado personas de peso normal, perfectamente sanas y saludables.

Pero además, y es algo también importante, los conocimientos anteriores deben servirnos para rechazar la culpabilidad social que rodea a los obesos, y que al final acabamos creyéndola también nosotros mismos. No es justo culpar a la víctima. Por el contrario, debe reconocerse su esfuerzo, esfuerzo que las demás personas no necesitan realizar. Que quede clara, pues, la influencia de los genes.

Fuente: Compumedicina, octubre 2004

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