Peso razonable frente a peso perfecto

Proponernos un objetivo demasiado ambicioso puede hacernos fracasar en el intento. Aparecen entonces determinados mecanismos psicológicos que se autoalimentan y socavan la confianza en nosotros mismos y nuestra fuerza de voluntad. Quizá sería mejor proponernos un objetivo más razonable y cumplirlo, con lo que esos mecanismos funcionarán entonces a nuestro favor.

Como probablemente sabe el lector, y contra lo que mucha gente dice, adelgazar de forma permanente es difícil, ya que tenemos que luchar contra fuerzas poderosas: la genética (en algunos casos), la presión de la publicidad de los fabricantes de ciertos alimentos, costumbres, entorno... y la naturaleza humana que, modelada por la evolución de miles de años sufriendo hambrunas, tiene tendencia a acumular reservas para los tiempos de escasez.

De todos estos factores, quizá el más importante y el que, en opinión de la mayoría de los expertos, es el principal responsable de la epidemia de obesidad que nos acosa, son los cambios en las costumbres de las sociedades desarrolladas: comida disponible en abundancia, apetitosa y engordante, junto a una disminución muy notoria de la actividad física.

La consecuencia de todo ello es que adelgazar de forma permanente es difícil. Y la cuestión que se suscita entonces es la del peso que deberíamos tener y no tenemos. Son los expertos sanitarios, y no la moda, los que nos deben indicar cuál es nuestro peso "perfecto". Y lo hacen en función básicamente de nuestra altura, mediante el Índice de Masa Corporal: IMC = peso en kilogramos dividido por el cuadrado de nuestra altura en metros. Y estos expertos nos dicen que el IMC debe estar entre 18 y 25.

Una vez aceptado esto, quizá nos marcamos este peso como objetivo e intentamos conseguirlo. Es muy probable que no lo consigamos. O que lo consigamos pero luego recuperemos parte, o todo, o incluso más del peso perdido, y entonces aparecen determinados mecanismos psicológicos muy negativos: "he fracasado - esto es imposible - para qué seguir luchando - vuelvo a comer lo que me apetece - engordo..."

Estos fracasos se van acumulando uno tras otro y el efecto que tienen es socavar la autoestima, la confianza en nosotros mismos y en nuestras fuerzas, y hacer que el próximo intento sea cada vez más difícil. Una forma de romper este círculo vicioso es cambiar el objetivo y proponernos uno más razonable. No será el peso perfecto, pero sí uno mejor que el que tenemos, y ganaremos mucha salud si conseguimos mantenerlo, eso sí, para siempre.

Entonces el mecanismo psicológico que hemos comentado puede invertirse y jugar a nuestro favor, ayudándonos a mantener lo conseguido. Y quizá dentro de unos años, si hemos cambiado nuestras costumbres de forma definitiva y tenemos el nuevo peso consolidado, nos animemos a buscar un nuevo objetivo, más cercano al peso perfecto. Si nos atrevemos a hacerlo será para conseguirlo; si no, podemos seguir indefinidamente con nuestro peso razonable, que siempre será mejor que el que teníamos.

Fuente: Adelgazar.net, 2009

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