El componente genético de la obesidad no es determinante

Salvo excepciones, la genética no predispone a la obesidad tanto como suele creerse. En la mayoría de los casos, los genes únicamente permiten que se llegue a la obesidad o el sobrepeso, pero sólo si se dan determinadas condiciones ambientales, como una inadecuada nutrición o el sedentarismo. Prueba de ello es que los mismos genes que tenemos ahora los tenían también nuestros abuelos y, sin embargo, sólo en las últimas décadas, y como consecuencia de determinados factores ambientales que antes no se daban, la obesidad ha crecido hasta convertirse en epidemia.

Si bien las causas de la obesidad son objeto de un amplio debate por parte de los especialistas, hay un cierto consenso a la hora de aceptar como importante el componente genético. Sin embargo, es fácil exagerar la importancia de este factor hasta el punto de llegar al fatalismo: "Soy obeso y no puedo hacer nada para evitarlo, salvo aceptar mi situación". Esta es una postura tan habitual como negativa, además de irreal en la inmensa mayoría de los casos.

Gracias a los avances de la genética, hoy día se sabe que sólo en torno a un 5% de los casos de obesidad mórbida se deben a una mutación genética tan poderosa que quien la sufre no puede hacer nada contra ella. En el resto de los casos de obesidad mórbida y, sobre todo, en los mucho más numerosos de obesidad no mórbida y sobrepeso, la importancia de la genética no es, ni de lejos, tan determinante.

En estos casos, el papel de la genética habría que considerarlo no como determinista, sino más bien como algo que permite que el individuo caiga en la obesidad si se dan ciertos factores ambientales, como una ingesta excesiva de calorías o sedentarismo. Pero hay que entender de forma clara que, si no se dan dichos factores, el individuo no caerá en la obesidad ni el sobrepeso.

Otra forma más técnica de decir lo mismo es que, aunque una persona tenga genes que le predispongan a la obesidad, si no se dan los ya mencionados factores ambientales (que, contrariamente a la genética, sí dependen de ella misma, es decir, de su comportamiento), esos genes no se expresarán. Aunque esto no quiere decir que, en el tema de la obesidad, todos estemos en igualdad de condiciones, ya que otras personas que no tengan esa dotación genética podrán comer lo que les apetezca sin subir de peso.

Un razonamiento muy simple que demuestra la importancia solamente relativa de la genética es darse cuenta de que los genes de la humanidad no han variado apenas durante muchas generaciones y, sin embargo, ha sido sólo en las últimas décadas cuando se ha desatado la epidemia de obesidad que ahora nos azota. No ha cambiado la genética, pero sí lo han hecho las costumbres: ahora nos movemos mucho menos y comemos más y peor.

La lección práctica de todo lo anterior es que, salvo raras excepciones, aquellos que tengan una cierta predisposición genética a engordar deben ser conscientes de que pueden anularla si llevan un estilo de vida saludable. Y ese es, desde luego, un mensaje esperanzador.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en marzo de 2011, a partir de informaciones de El Mundo

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