¿Es la fructosa una de las culpables de la epidemia de obesidad?

Cada vez más científicos piensan que sí. Las causas genéticas ya las teníamos entre nosotros antes de la epidemia, por lo que no deberían ser consideradas culpables. Desde luego que hay otras: el exceso de comida apetecible y engordante, el sedentarismo, el cambio generalizado de costumbres en alimentación y actividad física, las grasas... Pero los expertos miran cada vez con más suspicacia a un enemigo encubierto: la fructosa.

Hay que diferenciar con claridad entre casos más o menos aislados de obesidad, que los ha habido siempre, y la epidemia que azota a las sociedades desarrolladas desde hace tres décadas. En este periodo, las tasas de obesidad se han duplicado, hasta el punto de que ahora hay en el mundo 500 millones de personas obesas, con los enormes problemas sanitarios y económicos que esto supone.

Como hemos comentado más arriba, en principio hay que desechar las causas genéticas, (tanto la tendencia atávica general a acumular reservas para tiempos de escasez, como la individual vinculada a determinadas personas), ya que nuestros genes no han cambiado prácticamente desde hace milenios. Busquemos, por tanto, otro culpable.

Podemos apuntar con el dedo de la sospecha a los cambios en las costumbres, y aquí sí hay un consenso general entre los expertos de que este cambio tiene gran parte de la culpa: cada vez comemos más y nos movemos menos. La industria nos ofrece comidas cada vez más insanas, más baratas y en mayor cantidad: en Estados Unidos, por ejemplo, se ha pasado de producir 3.200 a 3.900 calorías por persona y día, lo que supone un 22% más.

Sin embargo, tal vez convenga, sin olvidarnos del cambio de costumbres, buscar un culpable más específico. Hace un par de décadas, lo expertos, preocupados por el auge de las enfermedades cardiovasculares, fijaron su atención en las grasas. Así nacieron los alimentos "light" bajos en grasas. La industria ganó con ellos mucho dinero, pero la epidemia, mientras tanto, arreciaba. Quizá porque, en nuestra dieta, gran parte de estas grasas fueron sustituidas por azúcares. Y, para muchos expertos, esto fue algo desastroso.

Por fin hemos llegado al que parece ser el verdadero culpable: la fructosa. Incluso su nombre suena bien, pues proviene del de la muy saludable fruta; pero no hay que dejarse engañar: parece ser un enemigo temible. Pero, ¿por qué? El problema no está solo en las calorías que aporta, que nuestro cuerpo convierte fácilmente en grasa. Además, parece tener dos efectos muy perniciosos: ser adictiva y "engañar" al organismo para que no se dé cuenta de que está saciado.

En los años 70, la industria alimentaria norteamericana comenzó una producción masiva de maíz, uno de cuyos subproductos es el jarabe de maíz de alta fructosa, que es muy barato (35% menos costoso que el azúcar) y muy dulce. De forma que se incorporó masivamente en muchos alimentos: ensaladas, pizzas, cereales, carne, bollería, pan, galletas, bebidas gaseosas... La lista sería interminable.

Pero, en primer lugar, la fructosa tiene el gran problema de que podría ser adictiva, según algunos expertos. Esto nos incitaría a consumir cada vez más y más cantidades de aquellos productos que la incorporan, para regocijo de sus fabricantes y preocupación nuestra y de nuestros médicos. Por ejemplo, el consumo promedio de bebidas gaseosas edulcoradas con fructosa se ha duplicado en los últimos veinte años.

Mas esto no es todo, ya que, como hemos indicado más arriba, la fructosa es capaz de confundir al mecanismo interno que nos avisa de que estamos saciados. Un engranaje clave de dicho mecanismo es la leptina, una hormona que regula en el cerebro la sensación de hambre frente a la de saciedad. Pero cuando el hígado se satura de azúcar la leptina no funciona correctamente y el organismo no sabe que ha alcanzado el nivel de saciedad, con lo que sigue pidiendo más comida.

Cada vez hay más expertos que piensan que hay algo en la fructosa, además de sus calorías, que está acelerando la epidemia de obesidad. Queda mucho por investigar acerca de qué fenómenos desencadena en nuestro organismo, pero esta sospecha parece estar tan fundamentada que deberíamos intentar reducir drásticamente el consumo de fructosa.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en agosto de 2012

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