El hígado graso, una enfermedad asociada al exceso de peso

Esta enfermedad, mucho más extendida de lo que se cree, suele estar ligada al consumo excesivo de alcohol, pero también lo está a la obesidad. De hecho, la obesidad puede dañar al hígado de forma semejante a como lo hace el alcohol. Comer de forma sana y equilibrada, además de ser beneficioso para conseguir y mantener un peso saludable, puede hacer que evitemos el hígado graso. Incluso, si ya padecemos este trastorno, podemos lograr revertirlo gracias a una alimentación adecuada.

El hígado graso o esteatosis hepática se da cuando hay una acumulación de grasa en este órgano, que aumenta de tamaño de forma importante. Es la enfermedad hepática más común en el mundo desarrollado, hasta el punto de que puede estar presente en el 30% de la población. Si bien el principal factor desencadenante es el consumo excesivo de alcohol, la obesidad no le va muy a la zaga, ya que se estima que del 60 al 90% de las personas con obesidad importante lo acaban desarrollando.

Según los especialistas, supone un importante problema de salud, ya que puede degenerar en cirrosis o, incluso, en cáncer de hígado. De ahí la importancia de prevenirlo, o, en su caso, detectarlo cuanto antes para tratarlo. En función de la fase en que se encuentre, puede ser un proceso benigno y revertirse completamente con una alimentación adecuada, de forma que el órgano no sufra daños.

El diagnóstico de esta enfermedad debe hacerlo el especialista, y para ello es determinante la realización de una ecografía abdominal. Sin embargo, aunque no hay síntomas claros, la presencia de hinchazón abdominal después de las comidas, plenitud, las digestiones pesadas y la fatiga crónica pueden hacernos sospechar lo suficiente como para acudir al médico. Sobre todo si somos población de riesgo: tomamos mucho alcohol, somos obesos o sufrimos el síndrome metabólico.

La importancia del hígado graso como consecuencia de padecer obesidad ha sido resaltada en un reciente estudio realizado por el Instituto de Investigación Primaria Jordi Gol. Una de sus principales conclusiones es que una alimentación inadecuada puede hacer a este órgano tanto daño como la ingesta de una cantidad excesiva de alcohol. El trabajo se desarrolló sobre 700 pacientes, con una edad media de 55 años. La mitad de ellos no consumían alcohol en exceso pero tenían hígado graso.

Una cuestión importante, una vez conocida la importancia que tiene esta enfermedad, es saber la forma de prevenirla o, incluso, de revertirla si la sufrimos. Dejando claro que es el especialista el que debe marcar la pauta, con carácter general puede decirse que la alimentación más adecuada debe ser rica en fibra, pobre en grasas poco saludables (saturadas o trans), nula en alcohol y rica en omega-3.

La fibra proporciona sensación de saciedad al retrasar el vaciado del estómago (lo que, a su vez, favorece la pérdida de peso), además de limitar la glucemia tras las comidas y ayudar a controlar la resistencia a la insulina. La fibra se consigue tomando cereales integrales (pan, arroz, pasta integral...), legumbres y verduras. Con referencia a estas últimas, las de hoja verde son especialmente adecuadas, al ser protectoras del hígado.

Los azúcares simples son perjudiciales en general, y en especial de cara a prevenir o tratar el hígado graso. Disminuyen la sensibilidad a la insulina y aumentan el nivel de triglicéridos y ácidos grasos libres en la sangre, lo que los hace especialmente contraindicados para pacientes con hígado graso o en riesgo de sufrir esta complicación. Hay que tener en cuenta que los azúcares simples se añaden con frecuencia a ciertos alimentos (bollería, refrescos, chuches...), pero también están presentes de forma natural en otros, como en la fruta y los zumos.

También son perjudiciales las grasas insanas, como las saturadas y, sobre todo, las trans. Por tanto, habrá que evitar ciertos alimentos, como la bollería industrial, los lácteos enteros, los embutidos y las carnes rojas, por citar solo los más importantes. Estas grasas deben ser sustituidas, en la medida de lo posible, por otras grasas saludables, como el aceite de oliva y los pescados azules, ricos en ácidos grasos omega-3 que, como se ha dicho, son beneficiosos para el hígado.

Por último, conviene recalcar dos recomendaciones básicas: la primera es que, en caso de padecer hígado graso, hay que suprimir el alcohol, incluso el de baja graduación, como la cerveza. Si se está en situación de riesgo por ser obeso o tener síndrome metabólico, restringir mucho su ingesta. Y la última recomendación es la más importante: en caso de sufrir la enfermedad, o sospecharlo, ponerse en manos de un médico.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en mayo de 2014

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