Hay que acabar ya con las grasas trans o parcialmente hidrogenadas

Muchos expertos (y nosotros con ellos) se preguntan qué tiene que ocurrir para que estas grasas tan perjudiciales se prohíban para el consumo humano. Pero lo que resulta más inadmisible es que la mayoría de las normas sobre consumo y salud ni siquiera obliguen al fabricante a advertir de su presencia. La OMS recomendó su retirada ya en 2011, y en Estados Unidos están camino de eliminarlas. ¿Y en nuestro país?

En ocasiones, es aleccionador echar una mirada retrospectiva sobre ciertos temas. Por ejemplo, a las normas sobre la seguridad en el tráfico o las relativas al consumo de tabaco. Ahora no nos cabe duda de que han ahorrado muchos miles de vidas en estos últimos años, y la pregunta dolorosa es cuántas muertes se hubieran evitado de haber sido aplicadas antes estas normas. Estamos convencidos de que, dentro de unos años, se pensará lo mismo sobre la normativa alimentaria en relación con las grasas trans.

Quien crea que exageramos debería saber que las autoridades sanitarias de Estados Unidos (la conocida FDA) estiman que las grasas trans son responsables, en ese país, de unos 20.000 ataques al corazón y 7.000 muertes al año. Por ello, han iniciado acciones conducentes a su prohibición, si todo va bien. Si pudiéramos traducir estas cifras a nuestro país, en función de la diferente población, nos encontraríamos con unos 3.000 infartos y más de 1.000 muertos al año.

Otras investigaciones concluyen que los consumidores habituales de este tipo de grasas podrían tener hasta un 66% más de riesgo de sufrir enfermedades coronarias. Una tragedia evitable. La razón de que sean tan perjudiciales es que aumentan el colesterol "malo" o LDL, a la vez que reducen el "bueno" o HDL. La consecuencia es un aumento de los riesgos circulatorios.

Por otra parte, las grasas trans no tienen ninguna virtud como alimento, ni las necesitamos en absoluto (sin embargo, sí necesitamos las grasas saturadas en pequeñas cantidades, aunque en exceso sean perjudiciales). Por el contrario, nuestro organismo las confunde con las saturadas y las incorpora a las membranas celulares, con lo que se produce una alteración de la permeabilidad de la membrana, una más rápida oxidación y un más rápido envejecimiento celular. Eso, además de los problemas circulatorios ya comentados.

Quizá el lector ya sepa que, aunque todas las grasas engordan aproximadamente igual (tienen unas 900 kilocalorías por cada 100 gramos), el efecto sobre la salud de los distintos tipos de grasas no es el mismo, ni mucho menos. Las insaturadas (pescados azules, frutos secos, aceite de oliva...) pueden considerarse buenas para la salud si se toman con moderación, ya que elevan el colesterol HDL o "bueno" y se consideran protectoras del sistema circulatorio.

No ocurre lo mismo con las saturadas (presentes, básicamente, en el resto de grasas animales y en los lácteos) que, aunque hay que tomarlas en pequeñas cantidades para no privarnos de ciertas vitaminas, elevan el colesterol LDL o "malo". Pero el puesto número uno en el ranking de grasas perjudiciales lo ocupa, sin lugar a dudas, las grasas hidrogenadas o trans.

Estas grasas son económicas y aportan más duración a los alimentos, además de no tener sabor, por lo que pueden añadirse saborizantes sin problemas; de ahí su amplia utilización. Pero ya hemos visto más arriba lo perjudiciales que pueden llegar a ser para nuestra salud. Por ello, deberían ser prohibidas para el consumo humano. Pero, por lo que se ve, los beneficios de la industria alimentaria son más importantes que la salud de la población.

Ante este problema, parece claro lo que deberían hacer las autoridades sanitarias y de consumo: sencillamente, prohibirlas. Pero, ¿qué podemos hacer como consumidores, además de presionar a las administraciones para que hagan lo que deben? La respuesta parece clara (no comprar productos que contengan grasas trans), pero en la realidad no es tan fácil hacerlo, porque en nuestro país, increíblemente, no es obligatorio indicar si un producto contiene este tipo de grasas. Entonces, ¿qué hacer?

Por desgracia, no queda más remedio que "ponerse en lo peor", es decir, suponer que los productos cuyas etiquetas no indiquen expresamente que están libres de grasas trans, las contienen, siempre que incluyan grasas en su composición y no digan el tipo concreto a que pertenecen. Por ejemplo, si la etiqueta de un producto indica que contiene solo aceite de girasol, sabemos que es una grasa que, con independencia de su contenido calórico, no es especialmente perjudicial.

Pero si la etiqueta indica que tiene "grasas vegetales", tendremos que suponer que al menos parte de ellas serán hidrogenadas. En todo caso, lo más probable es que, además, contengan grasas baratas y perjudiciales, aunque no sean trans, como aceite de palma o coco. En especial, hay que sospechar de bollería industrial, precocinados, galletas, fritos, palomitas, cereales con chocolate, cremas, pasteles, margarina, aperitivos, pizzas congeladas, helados, empanadas...

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en junio de 2014

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