¿Deberíamos eliminar el consumo de edulcorantes artificiales?: 1) Experimentos con roedores

Parece demostrado en ratones, pero no tanto en humanos, donde hay que ser más prudentes. Si bien es cierto que los expertos no se muestran unánimes a la hora de condenar a los edulcorantes artificiales, cada vez más estudios los están poniendo en entredicho. La clave podría estar en cómo afectan estos productos a la flora intestinal. En esta primera parte del artículo examinamos la experimentación en roedores; en la segunda, analizaremos los posibles efectos en las personas.

El debate comenzó cuando ciertos estudios parecían poner en cuestión que los edulcorantes artificiales fueran adelgazantes. Por el contrario, indicaban que aquellos que los consumían engordaban en lugar de adelgazar. La polémica acerca de si sería solo por razones psicológicas ("ahorro calorías en el refresco, luego puedo comer más patatas fritas") pareció quedar zanjada cuando los ratones, que no entienden de psicología, engordaron al tomar edulcorantes artificiales más que sus colegas que tomaron agua con azúcar. Primera voz de alarma.

El estudio que traemos hoy a estas páginas no solo abunda en lo mismo, sino que explicaría las causas de que el consumo de este tipo de edulcorantes produzca obesidad, intolerancia a al glucosa y, a la larga, incluso pueda favorecer la aparición de diabetes tipo 2. La causa estaría en las modificaciones que dichos edulcorantes (que se utilizan en refrescos, helados y yogures, entre otros muchos alimentos) producen en la flora intestinal, es decir, en la población de bacterias que todos, animales y personas, tenemos en el intestino.

Hay que decir que las investigaciones sobre la flora intestinal están adquiriendo cada vez más relevancia en los estudios sobre metabolismo y obesidad. Y hasta tal punto es así que su modificación, mediante fármacos o determinados alimentos, se está convirtiendo en una de las principales esperanza para luchar contra la epidemia de obesidad que tantas preocupaciones sanitarias está produciendo en las sociedades desarrolladas.

El trabajo, publicado en la prestigiosa Nature, ha sido dirigido por Eran Elinav y Eran Segal, del Instituto Weizmann de Ciencias, en Israel. En una primera fase de la investigación dieron a los ratones los tres edulcorantes más utilizados (sacarina, aspartamo y sucralosa) en las dosis permitidas por la FDA, que es la agencia estadounidense que establece la normativa en materia de alimentos y fármacos, reconocida como la principal referencia mundial en esos temas.

Repitieron el experimento con varios tipos de ratones, distintas dosis de edulcorantes y diferentes dietas, pero la conclusión siempre fue la misma: los roedores desarrollaron intolerancia a la glucosa, lo que supone mayores cantidades de glucosa en la sangre y paso previo, con frecuencia, al desarrollo de diabetes. Y siempre en comparación con otros ratones a los que se proporcionó solo agua o, lo que resulta más chocante, incluso agua con azúcar en lugar de edulcorantes artificiales.

El siguiente paso fue comprobar si, como sospechaban, este efecto se debía a que dichos edulcorantes modificaban la población de bacterias intestinales. Para ello, dieron antibióticos a los ratones que habían tomado edulcorantes y sufrían de intolerancia a la glucosa. El resultado fue que los antibióticos devolvieron a los roedores el equilibrio a su flora intestinal y desapareció la mencionada intolerancia.

Para estar más seguros de ello, transfirieron bacterias intestinales de ratones con intolerancia a la glucosa a otros sanos, y el resultado fue que estos adquirieron este trastorno. Todas estas evidencias fueron consideradas por los autores suficientes como para afirmar que los edulcorantes artificiales alteraban la flora intestinal de los ratones y, como consecuencia de dicha alteración, estos adquirían intolerancia a la glucosa.

Estudios más detallados, que incluyeron la incubación fuera del cuerpo de los roedores de bacterias intestinales junto a edulcorantes artificiales, les llevaron también a afirmar que estos productos químicos inducían el desarrollo de bacterias intestinales asociadas, tanto en ratones como en humanos, una mayor propensión a la obesidad y la diabetes.

Sin embargo, la cuestión clave es hasta qué punto estos resultados en ratones son extrapolables al ser humano. Han sido muchos los casos en los que esto no ha sido así, y de ahí la prudencia con que se pronuncian numerosos expertos a la hora de enjuiciar estos experimentos de los investigadores israelíes. Este tema lo analizaremos en la segunda parte de este artículo.

Ver la 2ª parte de este artículo

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en enero de 2015

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