Cómo combatir con éxito la obesidad infantil y sus dolorosos efectos

La obesidad infantil, además de conducir, en general, a la obesidad de adulto, tiene unos dolorosos efectos inmediatos en nuestros hijos que van más allá del impacto en su salud; nos referimos, sobre todo, a los efectos psicológicos y sociales. Por ello, debemos luchar contra el sobrepeso de nuestros niños desde ya mismo, sin esperar a la adolescencia ni a la edad adulta. Una experiencia pionera y exitosa llevada a cabo en Dinamarca puede servirnos de guía. Veamos en qué consiste.

En torno a uno de cada cuatro niños españoles tiene sobrepeso u obesidad. Quienes tienen que tomar la iniciativa para afrontar el problema somos los padres, ya que los niños difícilmente podrán afrontarlo solos. Y muchos padres no lo afrontan porque piensan que tiempo tendrán sus hijos para adelgazar más adelante, que los niños no tienen todavía problemas de salud derivados de la obesidad y, además, un niño gordito puede resultar hasta gracioso. Es un grave error.

En realidad, las consecuencias que se derivan de la obesidad infantil pueden ser muy dolorosas y dejar en nuestros hijos una huella profunda. Además de encaminarles hacia la obesidad de adultos, como se ha indicado más arriba, diversos estudios destacan los efectos perniciosos que el sobrepeso y la obesidad pueden ocasionar en los ámbitos psicológico y social del niño.

Vivimos en una sociedad en la que priman unas normas estéticas muy particulares por encima de otros aspectos de la persona, como su carácter, su cultura o su personalidad. Por eso, y aunque no siempre, es frecuente que la obesidad de un niño o niña sea vista por el resto de sus compañeros como algo despreciable. Es fácil que el niño que la sufre se aísle, no participe en las actividades de los demás y le falle la autoestima. Los niños obesos son el blanco preferido de los acosadores de turno, y muchos no son felices y se sienten frustrados.

Con todo ello, su calidad de vida, con independencia de los problemas de salud que puedan aparecer, se resiente de manera notable. Quizá muchos lectores se pregunten por qué, si el problema es en realidad tan grave, los padres o los educadores no hacen algo para solucionarlo. Probablemente, la respuesta es que hay mucho desconocimiento, algo de inhibición y, por supuesto, porque su solución no es nada fácil. Muchos lo han intentado, con resultados decepcionantes.

Un proyecto danés ha dado esperanza a muchos niños y padres, ya que sus resultados han sido realmente notables: han tratado a 1.900 niños, de los que un 90% consiguió llegar a su peso ideal y, lo que es más importante, si seguían el programa, un 70% de ellos mantenía dicho peso después de cuatro años. Pero no hay que pensar en que tienen un remedio milagroso; por el contrario, el tratamiento es duro. Pero la recompensa es grande.

El proyecto ha estado dirigido por el doctor Jens Christian Holm y, ha sido tal su éxito que se ha extendido a otros ocho municipios, además de aquél en que se inició el programa. Holm cree que debería extenderse además a otros países, a fin de combatir el que ya es uno de los principales problemas de salud de las sociedades desarrolladas. ¿Cómo se hizo?

Lo primero, y quizá sea el paso más difícil, es convencer a la familia para que se embarque de forma decidida en un proyecto que será difícil. Porque hay que decir que es la familia entera la que debe embarcarse en él, y no solo el niño obeso. Lo cual tiene el inconveniente de que hay que implicar a más personas, alguna de las cuales quizá no tenga la motivación suficiente, pero a cambio serán, de forma colateral, también más las personas que se beneficien de los resultados.

La esencia del proyecto es conseguir cambiar entre 15 y 20 hábitos diarios de la familia (y no solo del niño). Cuando una familia decide entrar en el programa, lo primero es ingresar al niño un día entero en un hospital para hacerle una serie de pruebas, como medirle su grasa corporal y realizar cuestionarios sobre su alimentación y costumbres. La finalidad es proponer un plan de actuación personalizado. Posteriormente, el promedio de tiempo de consulta fue de solo cinco horas al año.

Probablemente, el lector se preguntará cuáles son los hábitos que hay que cambiar. A expensas de que los cambios concretos deben decidirse de forma personalizada en función de las condiciones de cada niño y su familia, podemos enumerar de forma orientativa los siguientes, clasificándolos en tres grupos: los relativos a la actividad física, los que tienen que ver con lo que se come y otros.

Por lo que respecta a la actividad física, se limita a un máximo de dos horas al día el tiempo de televisión, consola u ordenador, y nunca después de las cinco de la tarde, aunque en función del horario puede flexibilizarse esa hora límite. Además de apuntarse a alguna actividad física (fútbol, gimnasia, baile...), hay que andar o montar en bicicleta, si es posible para ir al colegio. Verá el lector que no se exige ninguna actividad física extenuante; solo moverse y huir del sedentarismo.

En lo referente a la comida está, probablemente, el grueso del esfuerzo. Se limita la comida rápida (una vez al mes), y los aperitivos, dulces, refrescos, chocolate y zumos (una vez a la semana). El total de refrescos y zumos, además, no superará el medio litro semanal. El desayuno será fuerte, incluyendo carne o pescado, avena y pan integral, pero no cereales envasados, pan blanco, yogures y, menos aún, bollería.

El resto de comidas diarias se harán a base de carne, ave o pescado (en los tres casos, sin grasa), arroz integral, pasta o patatas (con moderación), acompañados de pan integral y, sobre todo, vegetales. De postre, fruta, de la que se tomarán dos piezas diarias. Habrá que ser cuidadoso y darle al niño los nutrientes que necesite, pero sin exceder la cantidad total de calorías que le permita lograr y mantener un peso adecuado. Aquí, el papel del nutricionista es fundamental, a fin de que no falte ni sobre nada.

Por último, hay una serie de costumbres que hay que adquirir en otros aspectos de la vida del niño. En este sentido, es muy importante que duerma lo suficiente, para lo que se irá todos los días a la cama a una hora adecuada. Si el niño duerme lo necesario, no tendrá desarreglos hormonales que le hagan comer más, ni comer en exceso por estar cansado. La relación entre dormir poco y sobrepeso está demostrada, y no solo en los niños.

También será bueno servir los platos en la cocina (no en la mesa), y esperar un mínimo de 20 minutos para ponerse más comida, a fin de que el cuerpo "se entere" de lo que ha comido y se sienta saciado. Mike, de catorce años, que es uno de los niños daneses que participó en el programa con éxito, resume perfectamente la dificultad y, a la vez, la gran ventaja de esta forma de enfrentar su obesidad: "Al principio fue difícil, pero luego se convirtió en una parte de mi rutina diaria y ahora me resulta mucho más fácil". Cuando empezó, pesaba 85 kilos; ahora, 62. "Y estoy mucho más feliz", termina.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en marzo de 2015

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