Se puede luchar contra una genética adversa

Con respecto a la influencia de la genética en la obesidad, hay dos tendencias extremas, y las dos son dañinas. Una dice que el obeso lo es porque es débil y no es capaz de controlarse, por lo que se hace recaer toda la culpa de su obesidad sobre él. La otra dice que la obesidad es consecuencia de la genética, por lo que no cabe más que aceptarlo y resignarse sin luchar. La realidad es que, en gran parte, es la genética lo que nos hace obesos, pero se puede (y se debe) luchar contra ella.

Numerosos equipos de expertos han buscado en nuestros genes al responsable de la obesidad. Hasta ahora, el principal culpable es el gen FTO, y se ha demostrado que las personas que poseen determinada variedad de este gen son más obesas. Pero la cosa no es tan sencilla como afirmar que quien tenga esa variedad del gen FTO será, de forma inevitable, más obeso.

La razón es que los genes no se expresan (es decir, no actúan) siempre, ni lo hacen siempre de la misma forma. Por el contrario, determinadas condiciones ambientales modifican la forma en que actúan los genes, y ese es el campo de estudio de una prometedora rama de la ciencia llamada epigenética.

Así, de forma resumida, puede decirse que la obesidad viene determinada por dos factores fundamentales: la genética y las condiciones ambientales. Esas condiciones ambientales son, básicamente, la dieta y el ejercicio físico. El gran descubrimiento de varias investigaciones recientes es que esas condiciones ambientales, además de su efecto directo en la obesidad (por el camino de aportar o quemar más o menos calorías), hacen que los genes que predisponen a la obesidad, como el FTO, se expresen con más o menos fuerza.

Podemos ver varios ejemplos de lo anterior. Dolores Corella, investigadora perteneciente a la Universidad de Valencia, ha encontrado que el consumo de grasas saturadas hace, en aquellos que posean una variante genética que predispone a la obesidad, que dicha variante se exprese con más fuerza. Para ellos, por tanto, sería más perjudicial ingerir 100 gramos de grasas saturadas que cualquier otra comida con las mismas calorías.

Un segundo ejemplo de lo anterior puede ser el estudio Predimed, el mayor realizado hasta la fecha sobre la nutrición en España. Este estudio indica que el ejercicio físico realiza una regulación del gen FTO, de manera que, cuando hacemos ejercicio de forma habitual, además de las calorías que quemamos mientras lo hacemos, podemos moderar el efecto pernicioso que puede tener en nuestro organismo la variante del FTO que nos predispone a la obesidad.

Por su parte, James Niels Rosenquist, médico del Hospital General de Massachusetts, ha participado en un estudio, publicado en PNAS, que afirma que el efecto del FTO está siendo cada vez más fuerte en las sociedades desarrolladas, debido al efecto de los factores ambientales, básicamente la dieta y el ejercicio. Y a este aumento de la fuerza con que actúa el FTO podría deberse, al menos en gran parte, la epidemia de obesidad que tanto nos preocupa.

A efectos prácticos, debemos quedarnos con una idea fundamental: la genética puede predisponernos a la obesidad, pero nosotros podemos desactivar esa tendencia mediante una dieta sana y algo de ejercicio. Esto se ha visto corroborado en estudios sobre gemelos, con idéntica dotación genética.

En muchos casos de gemelos criados en familias diferentes (y, por tanto, con diferentes influencias ambientales en lo referido a alimentación y actividad física), los investigadores se encontraron con que un gemelo era obeso y diabético, y el otro no. El delgado había conseguido que su genética no se expresara a base de modificar los factores ambientales. Tomemos nota.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en abril de 2015

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