La genética es la principal causa de la obesidad, pero...

Pero no debemos abandonarnos. Dos estudios publicados en Nature confirman que la dotación genética es, de lejos, la principal causa de la obesidad, muy por delante de la dieta o el sedentarismo. Eso puede eliminar cualquier sentimiento de culpa de muchas personas que la sufren, pero no debe, ni mucho menos, empujarnos al abandono: también está demostrado que una alimentación saludable y la práctica del ejercicio permite luchar con éxito contra una carga genética poco favorable.

Es una vieja polémica a la que parecen haber puesto fin los dos estudios que comentamos, ambos publicados en Nature. En ellos se han analizado muestras genéticas de más de 300.000 personas, lo que constituye el mayor trabajo realizado hasta la fecha en la investigación de la relación entre dotación genética y obesidad. Se han encontrado más de 140 posiciones del genoma humano en las que se condicionan diversos aspectos de la obesidad.

Para hacerse una idea del avance que se ha conseguido, basta decir que, antes de estos estudios, solo habían sido identificadas en torno a 40 posiciones. Esto está suponiendo considerables avances no solo en explicar la obesidad, sino también en aclarar la relación entre la genética y el desarrollo de dolencias como la resistencia a la insulina, las enfermedades circulatorias o el síndrome metabólico.

Y, a su vez, el conocimiento de las complejas relaciones entre genética y dichas enfermedades puede dar un impulso importante al desarrollo de nuevos fármacos para luchar contra ellas. El primero de dichos trabajos, liderado por Karen Mohlke, profesora de Genética en la Universidad de Carolina del Norte (Estados Unidos), ha estudiado la relación entre la genética y las partes del cuerpo en las que se acumula la grasa.

Porque el lugar del cuerpo en que se acumula dicha grasa no es solo una cuestión estética. Mucho más importante es el hecho de que dicha ubicación puede condicionar la aparición de ciertas enfermedades. Por ejemplo, se ha demostrado que la grasa abdominal es mucho más perjudicial que la depositada en otras partes del cuerpo a la hora de hacernos propensos a padecer enfermedades circulatorias y trastornos metabólicos, como la diabetes tipo 2.

Mohlke y sus colaboradores encontraron que 19 de las localizaciones genéticas asociadas a la distribución de la grasa en el cuerpo tenían un efecto más fuerte en las mujeres, frente a solo una que tenía más efecto en los hombres que en ellas. Conocer los genes que condicionan dicha distribución, por tanto, puede llegar a ser más importante que conocer los que condicionan la cantidad total de grasa corporal.

El segundo trabajo analizó la relación entre genética y obesidad general, medida mediante el IMC (que, como probablemente ya sabe el lector, es el peso en kilos de una persona dividido por su altura en metros al cuadrado). La autora principal del mismo fue otra mujer, Elizabeth Speliotes, bioinformática que trabaja en la Universidad de Michigan, también en Estados Unidos.

El equipo de Speliotes identificó 97 zonas del genoma humano que tienen incidencia en la obesidad, lo que constituye un enorme salto cuantitativo hacia adelante en relación con el conocimiento precedente al respecto, ya que prácticamente triplicó el número de regiones que se conocían antes de dicho estudio. Algunas de estas zonas se relacionaron con procesos neuronales vinculados a la obesidad, como el control del apetito o la utilización de la energía del organismo.

Según Speliotes, el gran número de regiones del genoma implicadas en la obesidad hacen muy difícil que una sola estrategia de adelgazamiento funcione para todo el mundo. Así, el conocimiento del genoma de cada individuo puede suponer la posibilidad de elegir para él aquellas estrategias que, previsiblemente, mejor le van a funcionar. Una vez más, la investigación de base está detrás de avances concretos y aplicados en la lucha contra la obesidad.

Tal vez la constatación, cada vez mayor, de que la genética está detrás de la mayoría de casos de obesidad pueda llevar al lector al desánimo derivado de lo inevitable. Pero también se puede razonar de una forma más positiva: es cierto que la genética condiciona nuestro peso en gran medida, pero también lo es que otros factores, como la alimentación y la actividad física, pueden compensar esta tendencia natural a engordar que tienen muchas personas.

Si todo dependiera de la genética, no estaríamos ahora sufriendo una epidemia de obesidad a nivel mundial de proporciones tan preocupantes. ¿Qué ha cambiado en los últimos cuarenta o cincuenta años para que esta epidemia haya avanzado de tal manera? Desde luego, no la genética, ya que es prácticamente la misma.

Hay un cierto consenso entre los expertos a la hora de considerar que han sido los cambios en la alimentación y el sedentarismo los que nos han metido en este problema. Por tanto, a nivel individual, si somos capaces de revertir estos cambios, también seremos capaces de vencer a la obesidad. Y eso, a pesar de nuestra genética. Por tanto, nada de fatalismos: la única batalla que se pierde con seguridad es la que no se emprende.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en septiembre de 2015

Más noticias sobre:

Volver