El gran fracaso de los alimentos light

Desde hace varias décadas se ha incrementado de forma notable el consumo de alimentos bajos en calorías o light. Sin embargo, la epidemia de obesidad que nos preocupa no ha cedido en absoluto; por el contrario, parece cada vez más y más amenazante. ¿Es que han fracasado los productos light? La respuesta parece ser afirmativa, y por ello debemos tomar buena nota de este fracaso y actuar en consecuencia.

En realidad, el fracaso de lo light se ha producido a nivel global, pero eso no quiere decir que una persona en concreto, convenientemente informada, prevenida y actuando con inteligencia no pueda sacar ventaja de este tipo de productos. En primer lugar, hay que aclarar que bajo la denominación light se amparan, a veces de forma confusa, diferentes tipos de productos. Y esta confusión es la culpable, en buena medida, del fracaso que comentamos.

Vaya por delante que los fabricantes son los responsables de gran parte de la confusión que se esconde detrás de determinadas denominaciones. En otras, es el consumidor el que no se ha informado de forma conveniente y toma, por ello, decisiones de compra y consumo equivocadas. Veamos, de forma resumida, lo que significan determinadas denominaciones que podemos ver en las etiquetas de multitud de productos.

"Contenido reducido en azúcares" (o grasas), significa que el contenido en azúcares (o grasas) se ha reducido en, al menos, un 30% respecto al producto original. Parece positivo, y puede serlo, pero aparecen dos problemas. En primer lugar, si el contenido en azúcares (o grasas) era muy alto, puede seguir siéndolo a pesar de esa reducción del 30%. En segundo lugar, y esto puede ser más grave, hay que tener en cuenta que el compromiso es de reducir un 30% de azúcares, pero de las grasas no se dice nada, por lo que puede tener más grasas incluso que el producto original. Y lo mismo puede ocurrir al revés: bajar un 30% de grasas, pero subir el azúcar.

"Bajo contenido en azúcares" (o grasas), no significa lo mismo de antes. En este caso, su contenido en azúcares (o grasas), es objetivamente bajo (y, en algunos casos, nulo, si la indicación es: "Sin azúcares"). Esto evita el primer problema de los dos comentados anteriormente, pero no el segundo, ya que puede tener muy poco azúcar pero mucha grasa, o a la inversa.

"Sin azúcares añadidos" (o grasas). De nuevo, una denominación similar a las anteriores, pero que no significa lo mismo, ya que quiere decir que no se han añadido azúcares o grasas a las que ya tiene el producto de forma natural. Puede convertirse en una información engañosa si no se informa el cliente correctamente. Por ejemplo, un zumo "sin azúcares añadidos" puede parecer muy apto para una persona que debe controlar de forma estricta el azúcar que toma; pero habría que ver qué cantidad de azúcar natural tiene el producto, lo que puede hacerlo desaconsejable en muchos casos.

"Light", o "ligero", es probablemente la información más fiable y segura, ya que garantiza que contiene un 30% menos de calorías que el producto original. En esta denominación no cabe ya el truco de bajar las grasas y subir el azúcar, o al revés, ya que lo que cuenta es la cantidad total de calorías. Solo tiene dos inconvenientes que probablemente son, sobre todo el segundo, el origen de su fracaso a nivel global como herramienta para contener la obesidad.

El primer inconveniente de la denominación "light" es que, al igual que vimos en otras denominaciones, una reducción del 30% de calorías puede ser todavía insuficiente, y el producto ser muy engordante. Un caso típico es el de los quesos: si partimos de un Camembert 60% MG, con 378 Kilocalorías por cada 100 gramos, la versión light del mismo tendría en torno a 265, lo que sigue siendo mucho.

Y con el segundo inconveniente de la denominación "light" entramos en el que probablemente sea el principal motivo para que este tipo de productos hayan fracasado a nivel global, y también en muchos casos a nivel particular: el factor psicológico. En efecto, cuando vemos la palabra "light" bajamos las defensas que debemos tener siempre preparadas para no tomar cosas engordantes.

Y esta bajada de defensas puede actuar de varias maneras. En primer lugar, tomando cantidades desmedidas de productos light, "porque lo light no engorda". Pensemos en las 265 Kilocalorías del Camembert light y veamos si, en realidad, engorda o no. Otra forma de actuar es desplazando el consumo hacia otra comida: "Como para beber he pedido un refresco light, puedo pedirme de postre un buen trozo de tarta de nata y chocolate".

Quizá, de no haber pedido el refresco light no tendríamos el pretexto para pedir la tarta y hubiéramos pedido de postre una naranja. Y, ya que hablamos de refrescos light, no está de más tener en cuenta la polémica que han despertado al respecto determinados estudios que apuntan a que el ahorro de calorías conseguido en los productos light gracias a los edulcorantes artificiales podría pasarnos una factura todavía mayor que la que nos pasan los endulzados con azúcar (ver artículo).

Esta desinhibición que nos provoca lo light no es una mera especulación, sino que está documentada en numerosas investigaciones. De esta forma, el balance total de lo light, como vemos en el ejemplo, puede ser claramente negativo. Para evitar estos problemas, lo mejor es actuar con racionalidad y estar prevenidos contra lo engañosa que puede resultar esta denominación. Si lo tenemos en cuenta, podemos aprovechar los productos light para reducir nuestra ingesta calórica y bajar de peso.

En este sentido, no está de más que nos grabemos en la memoria la cifra de 225 Kilocalorías por cada 100 gramos, que es límite que ponen los expertos para considerar, a partir de él, un alimento como engordante. Por supuesto que no deja de ser una cifra un tanto arbitraria, pero puede venirnos bien para juzgar un alimento de forma objetiva, con independencia de su denominación. Así, además, nos acostumbraremos a mirar en las etiquetas de los alimentos su contenido calórico.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en noviembre de 2015

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