La cirugía de estómago puede estar indicada en algunas personas con obesidad no mórbida

Hasta hace poco, solo en algunos pacientes con obesidad mórbida (IMC a partir de 40), estaba indicada la cirugía bariátrica o de estómago. En pesos inferiores, se consideraba que los beneficios no compensaban los riesgos que se corrían. Sin embargo, cada vez más, a la hora de indicar o no la cirugía cada vez se mira más la analítica del paciente y menos la báscula. El objetivo es luchar contra las enfermedades metabólicas, en especial contra diabetes tipo 2.

Muchos pensarán que es lo mismo, porque la obesidad es lo que ocasiona la diabetes tipo 2. Pero no, no es lo mismo, y en un ejemplo puede verse la diferencia. La cirugía puede rechazarse en un paciente con un IMC (Índice de Masa Corporal, que es igual al peso en kilos dividido por la altura al cuadrado en metros) de 42, si no tiene enfermedades metabólicas asociadas a esa obesidad, y en cambio recomendarse en otro paciente con un IMC de 30, pero con una diabetes tipo 2 grave e incontrolada.

Hay que partir de la base de que, si dejamos de lado cuestiones estéticas, de autoestima y sociales, entre otras, la obesidad en sí misma no es mala. Lo que es malo son las enfermedades que suelen ir asociadas a dicha obesidad, sobre todo cuando ésta es mórbida: apnea obstructiva del sueño, problemas articulares debidos al elevado peso, enfermedades circulatorias y, sobre todo, diabetes tipo 2. Y son estas enfermedades asociadas las que han convertido a la obesidad en una de las más peligrosas epidemias de las sociedades desarrolladas.

Por lo anterior, a la hora de aconsejar a un paciente si debe o no someterse a una cirugía tan altamente invasiva como es la bariátrica, no es tanto su IMC como la presencia o no de enfermedades asociadas lo que debe ser decisivo. El objetivo, por tanto, no es una reducción del peso sino una mejora del perfil metabólico del paciente. Por eso, cada vez se habla más de cirugía metabólica y menos de cirugía de la obesidad. Más que en su técnica, la diferencia está en el diferente objetivo que tienen una y otra.

No obstante lo anterior, no hay que pensar que sean dos cosas muy diferentes, ya que se suelen alcanzar ambos objetivos, y además de forma duradera: la cirugía es una prueba difícil para el paciente y no está exenta de complicaciones y riesgos, pero tras ella se baja de peso de forma considerable y permanente y, a demás, se mejora la hipertensión y las enfermedades metabólicas asociadas a dicha obesidad.

Por lo anterior, los expertos aconsejan no fijarse solo en el IMC del paciente, sino también en la cantidad de grasa que tiene y, muy importante, en la distribución de la misma. Estos matices son relevantes, ya que una persona muy musculosa puede tener un IMC elevado, a pesar de tener poca grasa. Y, por lo que respecta a la distribución de dicha grasa, es sabido que la que se deposita en la barriga es mucho más perniciosa que la que lo hace en las piernas, los brazos o el torso.

Pero, además de la cantidad de grasa y su distribución, adquiere importancia capital un análisis detallado de su analítica, que puede ser delatora de enfermedades metabólicas, que cada vez son más, como se ha indicado antes, el objetivo del bisturí. De esta forma, pacientes con un IMC de entre 30 y 35 (obesidad tipo I o leve) pueden ser objeto de una cirugía que antes se reservaba para casos de una obesidad mucho más severa.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en enero de 2016

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