Dos formas de evitar el sobrepeso, y las dos buenas

Hay muchas opiniones y una gran controversia acerca de la mejor estrategia para perder peso. Algunas de ellas son absurdas, como las dietas milagro, mientras que otras tienen un soporte científico más o menos contrastado. Centrándose en estas últimas, un reciente estudio de una universidad norteamericana ha comparado dos de las formas de adelgazar más usuales. Y los resultados han sido tan sorprendentes como esperanzadores.

Hay que empezar diciendo que no se trataba de conseguir ningún milagro ni de perder veinte kilos en un par de meses, sino de buscar una estrategia para evitar la obesidad a largo plazo, con una pérdida de peso moderada pero sostenible en el tiempo. Y el que sea sostenible en el tiempo por una gran mayoría de la población implica que el esfuerzo debía ser razonable.

Porque, contra lo que muchos puedan creer, el efecto en la salud de una pérdida de peso moderada (en torno a un par de kilos) puede ser importante si se mantiene en el tiempo y, sobre todo, si se consigue no subir de peso. El problema estriba en que, desde los 18 a los 35 años, la población suele engordar de media 13 kilos, y eso condena a una parte importante de las personas a ser obesas en la edad madura. Por eso es tan importante mantener el peso, siempre que sea, repetimos, para siempre. Y, si encima nos quitamos un par de kilos, pues mejor que mejor.

Los investigadores se fijaron en dos de las más importantes estrategias para perder peso. La primera (a la que llamaron la estrategia de los pequeños cambios) consiste en rebajar la ingesta de alimentos de forma muy moderada y hacer un poco más de ejercicio, ambas cosas de forma permanente. La segunda (llamada de los grandes cambios) consistió en hacer durante dos meses una dieta muy restrictiva, y repetirla cada cierto periodo de tiempo, a la vez que se aumentaba el ejercicio de una forma permanente y más decidida que el grupo anterior.

El equipo de científicos que afrontó el estudio, que ha sido publicado por JAMA Internal Medicine, estuvo encabezado por Deborah Tate, profesora de Comportamiento Saludable y Nutrición en la Universidad de Carolina del Norte (Estados Unidos). Recurrió a 600 voluntarios de entre 18 y 35 años (el intervalo de edad, recordemos, durante el que se engorda una media de 13 kilos), que fueron divididos aleatoriamente en tres grupos.

El primero de ellos adoptó la estrategia de los pequeños cambios: durante tres años, que fue el tiempo que duró el estudio, redujo su ingesta calórica diaria en 100 kilocalorías, una cantidad que equivale, por ejemplo, a 25 gramos de queso, un vaso de leche escaso o 40 gramos de pan. Además, se les pidió que anduvieran unos veinte minutos más de lo que lo hacían habitualmente, y que lo midieran con ayuda de un podómetro (son unos 2.000 pasos). Hay que resaltar que el esfuerzo solicitado, tanto a la hora de comer menos como de andar más, fue muy escaso.

El segundo grupo adoptó la estrategia de los grandes cambios periódicos: reducir su comida diaria entre 500 y 1.000 kilocalorías durante ocho semanas. Esta dieta se repitió periódicamente durante los tres años que duró la prueba. Por lo que respecta al ejercicio, a este grupo se le pidió casi el doble que al anterior, de forma permanente: andar algo más de media hora diaria. En este caso, la dieta era mucho más costosa pero, en lugar de ser para siempre, se hacía solo cada cierto periodo de tiempo.

A ambos grupos se les concienció adecuadamente acerca de la importancia de no aumentar de peso. Para ello, al comienzo del estudio y durante cuatro meses asistieron a diez sesiones en las que se les explicó qué tenían que hacer para controlar su peso durante los tres años que iba a durar el programa. Además de lo visto más arriba, tenían que pesarse diariamente y anotar los cambios que realizaban en la dieta y en su ejercicio físico. Eso les permitió ser plenamente conscientes de sus cambios. Por último, el tercer grupo no realizó cambio alguno en sus hábitos, a fin de permanecer como grupo de control.

Los resultados no fueron milagrosos (no se pretendía que lo fueran), pero sí muy esperanzadores. Los dos grupos que realizaron cambios en sus rutinas lograron una reducción de peso semejante (en torno a un kilo y medio) durante los tres años que duró la prueba. Quizá el lector se sienta decepcionado por tan magro resultado, pero lo importante viene ahora. El grupo de control, dado que no realizó cambio alguno, sufrió una ganancia de peso semejante a la de la población en general en ese intervalo de edad durante tres años, que es de algo más de dos kilos.

Por tanto, sumando lo que adelgazaron y lo dejaron de engordar, resulta que la pérdida equivalente de peso fue de casi cuatro kilos. ¿Es eso mucho? Sí, sobre todo si extendiéramos estos resultados al largo plazo: para muchos de los participantes significaría la diferencia entre ser obeso y no serlo. Los investigadores estimaron que el riesgo de padecer obesidad se redujo a la mitad: solo el 7% de los participantes del grupo de los pequeños cambios y el 8% del grupo de los grandes cambios desarrollaron obesidad, frente al 16% del grupo de control.

Así que esos pocos kilos de diferencia supusieron en realidad un cambio muy importante para su salud. De este experimento debemos sacar un par de conclusiones que pueden ser fundamentales: podemos cambiar nuestras costumbres un poco, con escaso esfuerzo, y lograremos resultados muy notorios, siempre que esos cambios sean para siempre y nos acostumbremos a controlar nuestro peso.

Y la matización se deriva de que se exige simultanear este procedimiento con una dieta personalizada, control médico y asistencia psicológica. En ocasiones, también se recomienda ejercicio. Solo si se hace así se puede pensar en conseguir el objetivo enunciado más arriba. La razón de todo ello es conseguir un cambio definitivo en los hábitos dietéticos del paciente, para lo que la disminución de la sensación de hambre que proporciona el balón puede suponer una ayuda inestimable.

Es decir, que debe quedar muy claro que el balón intragástrico no tiene nada de milagroso: reduce la sensación de hambre, es cierto, pero su utilización es solo temporal. Si no cambiamos nada, cuando el balón se extrae se recupera el peso anterior a la implantación del mismo. ¿Entonces? Ahí está la clave: hay que aprovechar estos meses de margen que nos da el balón para cambiar los hábitos, de forma que, cuando nos lo extraigan, estén firmemente adquiridos. Porque es en el mantenimiento de los nuevos hábitos donde reside la disminución de peso, y solo mientras esos hábitos se mantengan.

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